El amor y la destrucción / Reseña de La vida de las marionetas, de Fiorella Moreno

Fiorella Moreno, La vida de las marionetas (Alastor, 2021)
Número de páginas: 192
Tamaño: 20.5 x 13.5 cm
Precio: S/ 40

Los retratos familiares, en la narrativa peruana, son tratados desde diferentes perspectivas, por ejemplo, la nostalgia y el recuerdo idílico de un paraíso perdido o el presente incierto en el que la incertidumbre es un personaje que incordia y distorsiona el tiempo. Pero hay un elemento soterrado, alquímico, que dobla esta memoria para convertirla en infamia: el amor, es decir, el desequilibrio o la destrucción. ¿No es aquel sentimiento un fulgor o leitmotiv de las acciones humanas? Sí, el amor es el motor del devenir, la proyección del futuro, hacia la desesperanza y la angustia, puesto que el Eros es un daimon, un niño travieso que guía a ese juego de realidades inalcanzables y espejismos evanescentes, donde solo existe un reflejo, la soledad. Y en La vida de las marionetas (2021), de Fiorella Moreno, aquellos derroteros son los caminos que circundan sus relatos.

Dividido en tres secciones: “El huevo de la serpiente”, “¿A dónde vamos desde aquí?” y “Susurros”, el libro de Moreno contiene siete relatos que recorren no solo las tensiones y vicisitudes de las familias, sino la miseria de las mismas, donde el amor es la causa de la degeneración afectiva y la feliz incertidumbre de los protagonistas. Así, en el primer bloque, el oxímoron de situaciones delinea la vorágine de recuerdos vividos como, también, la angustia del nacimiento de una nueva vida. En el segundo apartado, la incomunicación de las relaciones afectivas se visibiliza, paradójicamente, mediante un diálogo taciturno, aunque cuestionador de las apariencias sociales impuestas. En la última parte, los recuerdos idílicos de personajes ausentes se disuelven y funden mediante el fuego simbólico que arde en un desasosiego.

En cuanto al desarrollo de los temas, La vida de las marionetas tiene un tópico sustancial: la desintegración de los afectos familiares. Los personajes deambulan en este abismo que los confronta ante sus propias vidas como espejos cóncavos, es decir, un reflejo lejano de lo sucedido y hacia donde se dirigen. Este camino sinuoso por los vestigios de la otrora felicidad ocasiona el cuestionamiento del presente, donde la locura, el delirio, la memoria y las metáforas son los elementos evasivos de un deterioro anímico como existencial. El lenguaje lírico, además de enriquecer el estilo de la narración, nos aproxima a esa verdad eludida pero radiosa en cada imagen del texto. Con ello, la autora nos dirige hacia los orígenes de los mitos, en este caso de las familias, entre el recuerdo lírico devastador y el debate filosófico del tiempo.

A la usanza de Huerto cerrado (1968), de Alfredo Bryce Echenique, un libro de cuentos que giran en torno a la vida de Manolo, los relatos de Fiorella Moreno tienen como personaje peregrino a Anna, quien atraviesa cada fábula de forma protagónica o secundaria; incluso, en algunos casos, solo cumple un rol incidental para unificar historias. Como Eugène de Rastignac, personaje de Honoré de Balzac que aparece en sus diferentes novelas, La vida de las marionetas muestra un mosaico circunstancial de la experiencia vivencial de Anna, por momentos, como narradora principal de sus acciones o siendo la testigo, directa o indirecta, de actores sustanciales en la trama.

Un aspecto a destacar en la elaboración de las historias es el trabajo en la palabra. En varios textos encontramos un lenguaje poético que se incrusta con la prosa de forma natural para evadir la realidad o para revelarnos la causa, como luz parpadeante, de las circunstancias que rodean a los personajes. El halo lírico, asimismo, funciona como ruptura temporal, flashback, que permite la conexión temporal no solo de dos referentes, sino la comprensión de que la realidad escenificada tiene su origen en los recuerdos auscultados con angustia: en estos casos, las acciones de los padres. Así como en las tragedias griegas, los hijos son los condenados a vivir una vorágine de expiación sin visos de redención. También, esta forma de narrar nos recuerda la técnica del iceberg de Ernest Hemingway, en el que solo observamos el desenlace de la historia, pues se ha ocultado las escenas primordiales que aparecen como metonimias en objetos o personas que el lector debe inferir.

En relación a los relatos, el libro inicia con “Águila negra”, un texto cuestionador sobre el rol maternal a través de un monólogo interior en el que se entremezclan las evocaciones y los vestigios de la razón. Con ello, la narración objeta el amor y la protección de la madre hacia el hijo que, como alimaña devoradora de sus mientes, sufre la distorsión del mundo creado por su progenitora. En el caso de “La ratonera”, la narradora, a guisa de una reminiscencia hamletiana por el título, muestra la incertidumbre de un hombre antes de convertirse en padre. Si bien la historia deja ciertos aspectos a trabajar en cuanto a la verosimilitud psicológica del protagonista, estas se subsanan en el tratamiento del tema con el desarrollo temporal de la diégesis, es decir, el ritual de asunción de la paternidad con ciertas alusiones de su infancia desoladora. En ambos textos, se socava los roles asumidos por la sociedad en cuanto a la responsabilidad innata de los padres, pues el sacrificio de ellos no es gratuito, sino una deuda narrativa a cobrar en el devenir de los hijos.

En la segunda sección hallamos “El silencio”, relato que narra un viaje vivencial y emocional de una madre con su hija mediante un diálogo tenso mientras se dirigen al velorio del padre de Anna. Pese a la conversación, se observa la incomunicación y los temas tabúes que mueven sus acciones, como el compromiso familiar de despedir al progenitor ausente. En “Sumersión”, otro relato logrado, la construcción del escenario y la teatralización de la escena nos permite observar, a la manera de espectadores objetivos, la relación crítica de una pareja en medio de un paseo familiar, en el que sus integrantes expresan gestos banales o muestran preocupaciones suntuosas y anodinas. No hay diálogo entre Anna y el entorno de su pareja, Jorge, por una causa que solo se muestra mediante ensueños y la metáfora de una perra a punto de parir. Y en “¿Quieres venir a ver esto?”, creación que proyecta una madurez narrativa, la tensión se incrusta en el triángulo afectivo entre los protagonistas. Los celos de Anna hacia Miri, la hija de su cónyuge, Leonardo, tienen un correlato profundo en el que la rememoración aflora hasta presentificarse mediante un cuerpo inerte en una playa, el cual nos permite descubrir la razón y el desvarío de Anna. En este texto, la metaliteratura se engarza mediante la creación de un guion que muestra, de forma antitética, la presencia / ausencia del otro progenitor, el padre de la protagonista quien, como héroe y villano, irrumpe en el presente de su escritura ficcional, así como de su realidad itinerante.

En la última parte, “Al principio era el fuego” denota una prosa ágil con imágenes fulgurantes de un recuerdo que luego se convertirán en sombras espectrales. Esta dicotomía se inserta en el juego teatral entre niños que, como actores que se encuentran sobre el bien y el mal, destruyen su referente mediante un elemento purificador y genésico, el fuego. Esta escenificación será el presagio, como cuando la realidad textual supera la ficción infantil, del final trágico y espeluznante de la historia. En el caso del texto que cierra este apartado y el libro, “Zenda”, la narradora nos sitúa en el Centro de Lima, donde las circunstancias sociales y morales parecen condenar la vida de estos personajes. A la sazón de un ritual, Zenda y Anna se envuelven en el placer solaz y los años adolescentes que convierten los afectos sutiles en caricias y la imaginación en libertad. No obstante, el libertinaje despertado tiene un artífice entre las sombras que observa y mueve los hilos, con gestos sicalípticos, de sus marionetas vivientes. En ambos casos, los textos muestran que las reminiscencias no idealizan el tiempo pasado, sino que desgarra la memoria hasta convertirlo en pesadilla.

De esta manera, La vida de las marionetas, de Fiorella Moreno, es una ópera prima que muestra un oficio y la proyección de una madurez narrativa, debido al trabajo en el lenguaje como en la organización del libro, así como la construcción de sus historias y la elaboración de sus protagonistas, estos últimos atrapados en el Purgatorio a través de un lenguaje lírico que los condena a un ritual de máscaras y falsedades sinfín.

Jhonny Pacheco Quispe (Jesús María, 1983). Docente de la EAP de Literatura y la Unidad de Posgrado de la UNMSM. Ha publicado tres poemarios de estilo neobarroso Anatomía de la tierra (2014), La arquitectura del humo (2018) y Alquimia del verbo (2021).

La vida de las marionetas, de Fiorella Moreno

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