Por: Sandra Suazo
¿Cómo hacer visible una sensación, compartir el vértigo, poner en manos de otro un pedazo de la existencia propia, hacerlo partícipe del desdoblamiento?, ¿cómo ejecutar un paisaje con el aparato fonador? o ¿cómo dibujar ese sonido o ruido interno con palabras? Virginia en este poemario se propone lograrlo. Asistimos entonces al desarrollo de una especie de filme en que las imágenes se van “de rama en rama”, se suceden dejando atisbar un motivo, un destello de consciencia (o inconsciencia) que unifica o monta diversidad de locaciones, sensaciones, objetos, seres y sueños de este y otro mundo.
Viaje a los campos sin fónicos. Escenas de un documental en fiebre, como lo dice su subtítulo, retorna al espacio de lo alterno, lo onírico, al lugar del deseo, de lo imposible que no obstante reconocemos cercano. Regresa y en ese viaje nos lleva hacia campos “insonorizados”, sembríos de Luz, lugares que recuerdan al Arles de Vincent, azules y amarillos, que se confunden al campo andino deseado, hábitat de apus-cerros dioses, a quienes se clama por llegar a ser, campos que se incendian para seguir existiendo, campos que son sonido más que espacio, campos del sueño que se tiñen de ritos, que exponen su abras y precipicios como un cuerpo o un corazón que recorrer a través de la hoja de coca (21). Estos campos son habitados, antes que por personajes, por deseos y actos que remiten siempre a la escritura misma, o a procesos vinculados con la poiesis (o la idea de producir): hilar, cocinar, engarzar palabras (45). Las palabras en la voz de la poeta van siendo otras, se recrean para decirnos cosas increíblemente nuevas y, como dije antes, reconocibles. Este es el caso de la “perdura”, que puede remitir a perdurar o perder en femenino, o como “escriherirse”, o “liminalearse”, que pueden interpretarse de forma más o menos clara como el encuentro entre la acción de crear y dividirse, en esa mezcla de placer y dolor que es la escritura, y que el lector acompaña como atento testigo. Por otra parte, hay campos mentales que son remanso o atavío (25, 37). Y hay, sobre todo, claridad en las imágenes, a pesar de ese estilo que reconocemos en la poética de Benavides, de pasar de una imagen o concepto a otro sin dejar de lado la idea que va creciendo. Esas ideas que solían expresar el extravío o el dolor en libros anteriores, en este libro adoptan otra tonalidad. Su poesía no deja de plantearse el tema de ser, de llegar a ser, de la incompletud del sujeto y de la ineficacia de la palabra para comunicar o traducir esa falta, pero esta vez abordan también el hacer, el crear, el dudar y jugar con las posibilidades que brinda el lenguaje para hacer concretas otras realidades complejas y bellas. (37)
Observo incluso que, a pesar de la referencia a un yo niño, (muy presente en libros anteriores como Sueños de un bonzo o Ejercicios contra el Alzheimer), hay una clara consciencia del yo situado en un orden distinto: hay madres en este texto que ya no quieren reencarnar, mujeres encenizadas, “con apenas tiempo para toser y decirse tú”. La aparente neutralidad del masculino es reemplazada por la inevitable referencia a sujetos que se reconocen como femeninos, con lo cual se evidencian sus necesidades, deseos, o su simple ser en el mundo no siempre oscuro.
Volviendo a los paisajes, los sentidos febriles que se entrecruzan sinestésicamente permiten que pensemos en que podemos tocar estos no-paisajes; escucharlos sería, para la poeta, una experiencia más acorde. (59) Es el ruido el presente querido, acogido, pero el silencio es un anhelo, casi una utopía también. (64) Así, el lenguaje viaja, viaja quien escribe y se desdobla, quien exhibe su máscara. LA ENFERMEDAD DEL LENGUAJE la acompaña, hace posible la reflexión sobre el oficio, ocasiona la fiebre y la mudez. El cuerpo manifiesta los síntomas. En este viaje solo se puede ser mediante otras cosas, elementos naturales, conceptos, palabras nuevas que exhiben en su rareza su existencia. Un cuerpo sintomático también puede decirse con asombro y certeza: como una máquina, transparenta su posibilidad de errar.
No puedo pensar este libro de manera objetiva. Siempre es difícil cuando se es amiga de quien escribe. Temo que sea insuficiente esta invitación a su lectura, solo puedo decir que en estado febril he leído a Virginia y creo ver una voz nueva, oír un paisaje móvil, claro, lila, con profundidad de campo y las sombras pertinentes para generar la sensación de realidad.

