Canción y vuelo de Santosa de Gloria Alvitres Aliaga

Canción y vuelo de Santosa es el primer libro de poesía de Gloria Alvitres (Lima, 1992) y tercer título de nuestra colección de poesía en edición digital ‘Fuera de los confines’.

Gloria Alvitres es bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, comunicadora social, escritora y poeta. Poemas suyos han sido publicados en la antología de poetas mujeres de la revista Ínsula Barataria (Lima, 2017) y en la antología Liberoamericanas: 140 poetas contemporáneas de la editorial Liberoamérica (España, 2018). Ha sido coordinadora de la Feria Alternativa del Libro ANTIFIL. Sus trabajos periodísticos versan sobre temas de memoria, ambiente, feminismo. La ilustración de la cubierta es obra de la artista Lucero Huamani.

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Comentarios sobre el libro

Palabras de presentación del libro por Carolina O. Fernández

Me siento muy complacida de comentar el primer libro de Gloria Alvitres Aliaga, Canción y vuelo de Santosa que acaba de ser publicado con el cuidado de Alastor Editores en la colección de poesía digital titulada Fuera de los confines, mi saludo a Julio Isla Jiménez y a nuestra querida poeta Roxana Crisólogo con quien hoy compartimos esta presentación.

Canción y vuelo de Santosa es un libro que parte de la tradición cantada de nuestros pueblos, sobre todo de la tradición quechua y del cancionero popular, como bien lo expresan los epígrafes que acompañan al libro. Este punto de partida, de reencuentro con la tradición andina, se viene fortaleciendo a través de las voces poéticas de hijas de migrantes andinos.

El poemario se inicia con un epígrafe del Picaflor de los Andes, que da cuenta que a pesar de las incontables heridas en el cuerpo y en el alma, la única manera de afrontar la vida es aprendiendo a vivirla con alegría como lo han hecho a lo largo de nuestra historia no oficial, los pueblos del Perú. Cantar y bailar a pesar de todo y como expresión de resistencia: «Gorrioncito no cantes triste /Mira que la vida es corta /Aprende a vivir alegre /Picando de huerta en huerta» (Picaflor de los Andes, 1960).

Desde la visión canónica, se suele señalar que la tradición poética vendría solo de occidente, sin embargo, un gran número de jóvenes escritoras y escritores que escriben en lenguas originarias o en castellano peruano y en nuestra América demuestran que no es así. Canción y vuelo de Santosa no está escrito en quechua, pero guarda el sentir de quienes provenimos de los pueblos andinos. Se siente en la evocación lírica de la abuela, en la evocación del paisaje, en los versos cortos a modo de canto, un lenguaje que explora la raíz materna, tal como se anuncia en los versos que hacen de Preámbulo: «Los días de luna roja, /la niña se ata la pollera. / Quiere mirarse en las aguas del Mantaro /para descifrar sus misterios». Este secreto mundo se devela mediante el diálogo entre la abuela y la nieta en «Sonqollay», título de la primera sección del libro que constituye un hermoso homenaje a la abuela «piel de oca», «abuela colibrí», «agua» «que se lleva las penas».

La enunciante se reconoce en ella, en sus «letras musicales» que no son comprendidas por la ciudad letrada, en atinado diálogo con Ángel Rama. Esta ciudad letrada, como lo hemos señalado en otras ocasiones, precisa la existencia de un estado nación monocultural, racista y patriarcal, representado por sus instituciones, por lo que muchas veces está muy lejos del mundo de los afectos y de la realidad de los pueblos de Perú. En este proceso identitario, el yo poético aprende a autoidentificarse con el territorio: «Mamita laguna, tú y yo somos hermanas de azar. / Me has reconocido como nieta. / Una niña que quiere morir en tus aguas. /Aunque las verdaderas poetas/ como Alfonsina Storni mueren en el mar».

«El primer hogar», segunda parte del libro, lleva un epígrafe de Lucho Barrios. En esta sección, las imágenes del padre se configuran en dialogo con el mito de Naylamp. El padre cuya ausencia y falta de compromiso es usual en la familia, al mismo tiempo desborda una omnipresencia destructiva que la enunciante ansía destruir, para no verse más en sus ojos. Pero el padre al que anhela aniquilar es muy poderoso, es mucho más que un progenitor, es el que ha construido el mundo a su imagen y semejanza: «Este padre que se repite en las letras, en el amor, en la civilización asesina» (20). Con todo, también configura las imágenes de un padre adoptivo que anuncia la posibilidad de una masculinidad distinta: «Mi papá era imprentero, / un obrero de las letras/ que no dormía por preparar las tintas. / La máquina paría cien libros (…)»  («Padre adoptivo») Y con ironía agrega: «Los hijos humanos no merecen tanta atención».

Las imágenes de la madre se inician con un epígrafe de una canción de Rosa Aurelia Guerra Morales (Rossy War, 1990): «Mi soledad es el retrato del Mundo/ Donde vivimos sin comprensión / Cuando él vino a mí yo pensé que me amaba / Mas no fue así»; mediante el cual se remarca las grandes y muchas veces insalvables contradicciones en la pareja y en toda circunstancia vital. Las imágenes de la madre rondan en una profunda soledad y en el deseo de sublevarse. La enunciante se reconoce en ella: «Soy ella. Soy mi madre convertida en fuego. Debajo de la mesa, soy una esquina, soy mi madre». Esta autoidentificación emerge también de la cordillera, se nutre de ella: «Mi mamá nació del vientre de un cerro, / con una oración liviana. / Un canto rojo despegó sus pestañas,/ el agua de sal la nombró Agustina» («Madre de cerro sal»)

La última sección del libro «Una habitación atemporal», está dedicada a las luchas de las mujeres contra la muerte, en defensa de una vida digna. En ella participan, las madres, las hijas, las nietas: «Las hijas del destierro / andamos gestando / la solución a la muerte /asediando la forma común (…) / Las hijas del caos, / nos entendemos con las pociones y los fantasmas». En esta misma sección, «La mujer rota» que: «Saca de las costuras de su cuerpo: una niña. Un cuerpo remendado, unido con alfileres. Un ser pequeño y miserable, hecho de enfermedades y tempestad», a fin de resistir aprende a nutrirse de la fortaleza de las luchas populares maternas y del feminismo que se nombra a través de Simone de Beauvoir. La propuesta poética se alimenta de un feminismo popular y sobre todo de los cantos de la abuela Santosa.

Canción

Le dicen las voces del tiempo:
señora falda fogón violeta
con tus pestañas sueñas la tierra.

Desde algún punto infinito,
posa sobre el sauce
sus manos cansadas.

Guarda en sus tres polleras:
secretos del viento
cae una gota de sudor
por encima del rojo
sus labios se cierran.
Abuela ceniza,
pierde su voz
en el humo de las mazorcas.

Regaña al granizo,
su hermano desteñido,
foráneo
que mata los campos con su reflejo.

Abuela eucalipto,
sacrificó su piel
para llevarse en su regazo
las lágrimas de Papá lindo
el cielo

el de arriba
que se regocija congelando a sus nietos.

Abuela piel de oca,
no habla del tiempo
en que supo tocar
con sus dedos las venas de las margaritas.

Fue la mejor época del año
cuando nacieron versos,
epístolas,
y tristezas amarillas.

Ahora brotan amarantos,
llega el final del día
y la abuela Santosa será agua
para llevarse nuestras penas.

Por algo es día de todos los Santos,
por algo prenderán velas
y habrá cena en casa.

Abuela colibrí,
no se irá de nuestros ojos.
Está sentada en su piedra,
canta al sol
y nos hace vivir olvidando
que un día se hizo noche.

1 comentario en “Canción y vuelo de Santosa de Gloria Alvitres Aliaga

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